Qué creer

Si uno no creyera en nada, no podría salir de la casa.

Hay que creer que los autos que circulan por la calle no se nos van a tirar encima, que la milanesa que pedimos en el restorán no está envuelta en veneno, y así.

Pero cuando se trata de información, es más difícil.

Las noticias aparecen en los diarios y en los otros medios, pintadas con el color del que las emite. Y veces, ni siquiera eso. Tienen que captar la atención del lector o el oyente, y colorean la noticia.

Existen los que nos quieren inducir a comer  o no comer, tal o cual cosa. Los atacados varían con el tiempo: el colesterol, la sal, el azúcar.

Hasta acá, no hubo intención de engañar. Pero están los que informan al revés, para que pensemos mal, muy mal, acerca de alguien.

Mi conclusión es leer varios medios, filtrar bastante y, en general, tratar de guiarme por mi propia experiencia. Son muy importantes las entrevistas que nos dejan ver los gestos, la forma de mover el cuerpo, la mirada, las interjecciones.

Una vez, hace varios años, yo estaba en el laboratorio en el tercer piso, cuando por teléfono una empleada me dijo que estaban asaltandolos.
Bajé corriendo (loca), pero cuando llegué a la puerta, ya se habían ido los asaltantes.
Quise averiguar cuántos eran, cómo estaban vestidos, qué armas mostraron. No lo logré. Cada uno tenía su versión: camperas de cuero, jeans, sueters. Habían pasado diez minutos.

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